…para leer en pijama, cortos, pantuflas o ropa de domingo.

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No son invisibles

Recuperar la empatía y poner nombre y cara a las personas sin hogar. Personas como nosotros, que en un traspié lo han perdido todo, todo menos su dignidad.

ALAI, América Latina en Movimiento

No son invisibles

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Irene Casado Sánchez /Política/Derechos Humanos/ Internacional/Social/Exclusion

Manuel Rico vive en las calles de Barcelona. Tiene 52 años. Tras divorciarse de su mujer y perder su empleo en 2008 la indigencia se ha convertido en su única alternativa. Más de 700.000 personas en España no tienen un hogar. Sus vidas discurren a la intemperie entre la indiferencia de la sociedad y la ignorancia de las instituciones.

“La gente evita mirarnos, como si no fuéramos humanos, como si no mereciéramos nada”, denuncia Manuel Rico. No es posible caminar por la Gran Vía madrileña o por las Ramblas de Barcelona, sin toparse con una decena de personas que viven en sus aceras. Resguardados en las paredes de cines, tiendas y bancos. Sobre los respiraderos del metro para aprovechar el calor que desprenden. Entre sacos desgastados y bolsas de plástico con sus escasas pertenencias. Son pocos los transeúntes que se paran ante esta escena, o se preguntan cómo estos hombres y mujeres han llegado hasta allí. Lo cotidiano se ha convertido en invisible.

Según informa Cáritas, ocho de cada diez personas sin hogar son hombres, la mitad de ellos son españoles y su media de edad es de 44 años. Sin embargo, en los últimos años este perfil ha cambiado; hasta el 12% de las personas que viven en la calle tiene un título universitario. Nadie está exento de un futuro a la intemperie.

Es por esta razón que resulta abrumador como nos hemos acostumbrado a ver cientos de personas durmiendo en la calle. Una sociedad que ignora esta realidad y un gobierno insolidario no son la solución para poner fin a esta tragedia que en lugar de desaparecer empeora.

El deterioro de la economía española junto con los recortes en materias sociales ha multiplicado el riesgo de pobreza. En 2007 la tasa de riesgo era del 19,7%, en 2011 rondaba el 21,8%. En Madrid alrededor de 1.900 personas no tienen un hogar, un 4% más que hace un año. Los continuos desahucios y el desempleo son dos de las principales causas de este escenario. Causas que amenazan a cientos de familias, jubilados, y estudiantes. pobreza

Las restricciones en materia de derechos sociales agrava la situación de los indigentes. El acceso a la protección social es cada vez más limitado para las personas sin hogar. Las leyes existentes de servicios sociales, de garantía de ingresos o de las normas contra la exclusión social y la pobreza son cada día más restrictivas. Las condiciones de acceso a rentas mínimas de inserción se han endurecido. A esto hay que sumar la limitación en el tiempo de las prestaciones, condicionada su tramitación a la residencia legal y la temporalidad del empadronamiento. Requisitos cada vez más duros para miles de personas que día a día se sienten más ignoradas y desamparadas.

“Ser una persona sin hogar no me quita ni un ápice de mi dignidad de ser humano”, denuncian con voz propia desde varias ONG españolas. Los gobiernos deberían asegurar y proteger los derechos de todos los ciudadanos; derecho a ser atendido, informado, asesorado, a tener tarjeta de salud, documento nacional de identidad, o derecho al empadronamiento. Sin embargo, las personas sin hogar caen en el olvido de las instituciones, no se respetan sus derechos y no se mejora su situación.

El Ayuntamiento de Madrid calcula que desde el comienzo de la crisis el número de personas sin hogar ha aumentado un 40%. En estos momentos donde las Administraciones Públicas anteponen la ayuda a los bancos a la ayuda a las personas, sólo los ciudadanos podemos poner nuestro grano de arena. Reclamar los derechos a la protección social de los más desprotegidos. Sacar del olvido y la cotidianidad a esos hombres, mujeres y acianos que viven en nuestras calles. Recuperar la empatía y poner nombre y cara a las personas sin hogar. Personas como nosotros, que en un traspié lo han perdido todo, todo menos su dignidad.

Irene Casado Sánchez, Periodista 2012-12-07/

Fuente: Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS), España.

http://alainet.org

NOTA: crédito fotos, alvaro-to2somosiguales.blogspot.com; www.intereconomia.com

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Eric Hobsbawm, historiador e intelectual de referencia

ALAI, América Latina en Movimiento 

Javier Gimeno Perelló

Definitivamente, hay autores “viejos” cuya lucidez y sabiduría de su joven intelecto nos hace jóvenes y nos permiten gozar de su fecundidad y su frescura intelectual. Es el caso de autores como José Luis Sampedro, Francisco Ayala, Josep Fontana, Julio Aróstegui, José Saramago o de quien nos acaba de dejar en estos días, el historiador egipcio-británico Eric Hobsbawm.
Nada mejor para recordarle que comentar alguna de sus obras. Hemos escogido la publicada en 2011 por la ed. Crítica: «Cómo cambiar el mundo: Marx y el marxismo 1840-2011» porque recopila buena parte de su producción científica, nada menos que desde 1956. Acaso no sea la más conocida, siendo Historia del siglo XX: 1914-1991, Guerra y paz en el siglo XXI o la tetralogía de las grandes Eras: de la Revolución, del Capitalismo, del Imperio y de los extremos, algunas de las más leídas.
La historiografía ha destacado a Hobsbawm como historiador marxista. Ciertamente, él mismo así se califica pero, como explica con absoluta claridad en éste y en otros de sus muchos escritos, el Marx que él sigue es el que se ha liberado  «de la identificación pública con el leninismo en teoría y con los regímenes leninistas en la práctica». Crítico con lo que etiqueta como «marxismo fundamentalista», Hobsbawm explica que la teoría de Marx «consistía en un análisis del capitalismo y de sus tendencias, y a la vez en una esperanza histórica, expresada con una pasión enormemente profética y en términos de una filosofía derivada de Hegel, del eterno anhelo humano de una sociedad perfecta, que se alcanzaría a través del proletariado». Despojado de sus lastres dogmáticos, muchos de ellos fruto no del propio Marx sino de bastantes de sus intérpretes y apologetas, Hobsbawm no duda en considerar a Marx como un pensador idóneo para entender las claves de nuestra época porque «el mundo capitalista globalizado que surgió en la década de 1990 era en aspectos cruciales asombrosamente parecido al mundo anticipado por Marx en el Manifiesto comunista».
Miembro del grupo –que para cierta historiografía llegó a ser escuela”- de historiadores marxistas británicos, Hobsbawm se hizo eco y desarrolló con la brillantez que siempre le ha caracterizado la tradición radical heredada por este grupo para ejercer una suerte de mirada “desde abajo”, que incluye aspectos fundamentales hasta entonces escasamente abordados por la ciencia de la historia, como la incorporación a la doctrina de fundamentos antropológicos, tales como las historias de vida, de creencias, de costumbres, todo ello sin obviar la historia de la clase obrera, de sus organizaciones, de la lucha de clases, etc. Hobsbawm denominó estos estudios worlds of labour, fruto de los cuales fueron sus definitivas aportaciones al análisis de la llamada aristocracia obrera, origen a su vez de enriquecedores debates historiográficos y políticos.
El libro ofrece un amplio recorrido por las investigaciones más interesantes del autor sobre la evolución del marxismo y su influencia en la historia, el pensamiento, la economía, la sociología y la política hasta el día de hoy. Como gran marxista crítico y heterodoxo, Hosbawm reconoce que no todo lo escrito por Marx es hoy aceptable pero sí muchos de sus análisis y teorías. Así, algo muy adaptable al momento actual, como su visión del capitalismo como un sistema económico históricamente temporal en continua expansión y concentración, generando crisis y autotransformándose con una capacidad de destruir todo lo anterior; o el análisis marxista del mecanismo de crecimiento capitalista mediante la generación de «contradicciones» internas.
De enorme interés, a juicio del historiador, son las contribuciones de Marx y Engels al pensamiento económico y la decisiva influencia, tanto de la filosofía alemana, como del socialismo francés o de la economía política británica en el socialismo marxiano. Destacan las aportaciones de Marx y Engels en el plano de la política, cuyo legado resume Hobsbawm en los siguientes aspectos:
— El principio de que las naciones y los movimientos de liberación nacional no tenían que entenderse como fines en sí mismos, sino tan solo en relación con el proceso, los intereses y las estrategias de la revolución mundial.
— La subordinación de la política al desarrollo histórico. La victoria del socialismo se concebía como algo inevitable, debido a la tendencia histórica de la acumulación capitalista.
— La acción política era la esencia del papel del proletariado en la historia.
— El Estado era un fenómeno histórico de la sociedad de clases, pero, mientras existiese como tal, representaba el gobierno de clase. No obstante, Hobsbawm asevera que la versión marxiana madura de la teoría del Estado es «mucho más sofisticada que la simple ecuación: Estado = poder coercitivo = gobierno de clase».
— El Estado proletario transicional ha de eliminar la separación entre pueblo y gobierno como un conjunto especial de gobernantes.
Es forzoso señalar el análisis que del “Manifiesto comunista” hace el historiador británico. Dos son, según él, las cuestiones que dan fuerza al «Manifiesto»: por un lado, su visión de que el modo de producción capitalista era –es todavía- una fase temporal en la historia de la humanidad, y por consiguiente, ni permanente ni estable; por otro, el reconocimiento de que las tendencias históricas necesarias del desarrollo del capitalismo habían de ser necesariamente a largo plazo. Por otro lado, nuestro autor se pregunta porqué, a pesar del inmenso potencial económico del capitalismo, tal como se subraya en el «Manifiesto comunista», antes era y continúa siendo ahora evidente que el capitalismo no podía ni puede satisfacer las necesidades, no ya sólo de la clase trabajadora sino tan siquiera es capaz de producir un sistema de bienestar para la mayoría de la población. Pregunta que el historiador se hace al hilo de la evidencia: nunca, a lo largo de su historia, el capitalismo ha podido acabar con la pobreza y la miseria de tres cuartas partes de la población mundial que viven bajo su dominio, incluidos, millones de seres en los países desarrollados. Cuestión ésta que a día de hoy cobra más fuerza y cuya respuesta nuestro historiador no va a poder dar, ni nadie en mucho tiempo, seguramente.
Otro aspecto de enorme interés en esta obra es el que se refiere a la evolución histórica de la influencia del marxismo. El insigne historiador señala cuatro períodos de aquél:
El primero, que transcurre entre 1880 y el estallido de la I Guerra Mundial, se destaca por la hostilidad hacia el marxismo de las corrientes económicas dominantes, englobadas en el llamado neoclasicismo marginalista, y el distanciamiento de J.M.Keynes hacia los postulados marxistas. Desde el punto de vista doctrinario, en esta etapa se produce una cierta integración de la historia en las ciencias sociales y una cada vez mayor influencia de los factores sociales y económicos en los acontecimientos políticos e intelectuales.
El segundo período es el la llamada era del antifascismo, entre el crack del ‘29 y el final de la II Guerra, período en el que, según Hobsbawm, la influencia del marxismo escala posiciones entre los intelectuales europeos cuando éstos toman conciencia, por un lado, de la situación catastrófica de la economía capitalista, y por otro, de la aparente inmunidad de la Unión Soviética ante la extensión de la crisis. Para el historiador, «es imposible comprender la reticencia de los hombres y mujeres de la izquierda a criticar, o incluso admitir para sus adentros, lo que estaba sucediendo en la URSS en aquellos años… sin esta sensación de que en la lucha contra el fascismo, el comunismo y el liberalismo estaban, en un sentido profundo, luchando por la misma causa», para, seguidamente, afirmar que muchos de los intelectuales comprometidos en esa lucha, a la luz de los acontecimientos posteriores, «se han sentido a menudo decepcionados».
El tercer período, que el historiador sitúa desde el fin de la II Guerra hasta la caída del muro de Berlín, se destaca por la diversidad de las interpretaciones del legado intelectual de Marx, en especial, las de aquellos que comenzaron a poner en duda, a partir de 1956, la ejemplaridad de los regímenes comunistas ante el ideal de sociedad socialista. Con el paso de los años, escribe Hobsbawm, «los marxistas se veían obligados cada vez más a mirar fuera del marxismo, y los gobiernos de los países socialistas, a tomar conciencia de los defectos de su planificación y gestión, de manera que se hizo imposible rechazar la economía académica burguesa».
El último período del marxismo que analiza es el del postmuro hasta el final del pasado siglo, período en que se produce la caída de todos los regímenes socialistas del Este, definido por nuestro autor como el del «marxismo en recesión». Desmoronamiento que no duda en calificar como «traumático no solamente para los comunistas sino para los socialistas de todas partes, aunque sólo fuera porque, con todos sus evidentes defectos, había sido el único intento real de construir una sociedad socialista».
Es digno de señalar la causa, o una de ellas, que apunta el historiador de la sorprendente, y para muchos, incluso sorpresiva fragilidad de los regímenes comunistas, a saber: en esos países «el comunismo había sido diseñado como doctrina para una selecta minoría de líderes y activistas, no como una fe para una conversión universal como el catolicismo romano y el islam». En este sentido apuntaba él mismo en una entrevista publicada en 2000 por A.Polito, Entrevista sobre el siglo XXI (ed. Crítica): “…los regímenes comunistas eran, en cierto sentido y deliberadamente, regímenes elitistas… Su objetivo no era convertir al pueblo, las suyas no eran fes, sino iglesias oficiales. Por esta razón, la mayor parte de los pueblos sometidos a estos regímenes estaban fundamentalmente despolitizados. El comunismo no entró nunca en sus vidas en el sentido en que, por ejemplo, el catolicismo entró en las vidas y en las conciencias de los pueblos de América Latina tras la colonización. El comunismo era algo de lo que se esperaba buenos o malos resultados, pero que en general no fue interiorizado por los pueblos”.
Por otra parte, Hobsbawm reflexiona en muchos de sus escritos sobre el fenómeno de la globalización. Así por ejemplo, la identifica en la citada entrevista de Polito como “…un proceso que simplemente no se aplica a la política. Podemos tener una economía globalizada, podemos aspirar a una cultura globalizada, tenemos ciertamente una tecnología globalizada y una sola ciencia global; pero de hecho, políticamente hablando, el mundo sigue siendo pluralista, dividido en estados territoriales”. Critica de la globalización determinadas falacias extendidas al socaire de este fenómeno como aquella según la cual todo el mundo tiene acceso por igual a todos los bienes y servicios de la economía de mercado, desde una botella de Coca-Cola hasta un coche Mercedes Benz o una entrada para el teatro de ópera de la Scala de Milán. “Hay una tensión entre dos ‘abstracciones’ -afirma-. Se intenta encontrar un denominador común al que puedan acceder todas las personas para cosas que no son accesibles naturalmente a todos. Y ese denominador es el dinero, es decir, otra ‘abstracción”.
Finalmente, nuestro autor no puede dejar de referirse a la crisis en la que se encuentra atrapada buena parte del mundo desarrollado. Para él, «la gran crisis económica que empezó en 2008 como una especie de equivalente de derechas de la caída del muro de Berlín aportó la inmediata percepción de que el Estado era esencial para una economía en apuros». El historiador británico apunta la posibilidad de una desintegración e incluso de un desmoronamiento del sistema vigente, aun cuando no exista un sistema socioeconómico alternativo. El mercado, para Hobsbawm, no tiene respuestas para los principales problemas a los que se enfrenta el siglo XXI. En opinión del historiador, «Marx había de experimentar una especie de retorno inesperado en un mundo en el que el capitalismo ha sido advertido de que su propio futuro está en entredicho no por la amenaza de una revolución social, sino por la misma naturaleza de sus operaciones globales, ante las que Karl Marx se ha revelado un guía más perspicaz que aquellos que creen en las elecciones racionales y los mecanismos autocorrectivos del libre mercado». «No podemos prever las soluciones de los problemas a los que se enfrenta el mundo en el siglo XXI –señala -, pero para que haya alguna posibilidad de éxito deben plantearse las preguntas de Marx, aunque no se quieran aceptar las diferentes respuestas de sus discípulos». Una vez más, ha de descartarse el fin de la historia. «Ha llegado la hora de tomarse en serio a Marx», termina recordándonos.
Javier Gimeno Perelló
Bibliotecario y filólogo. Universidad Complutense
nuevatribuna.es | 10 Octubre 2012 –
2012-10-11

http://alainet.org

Nota: Sitio web de esta imagen/ Eric Hobsbawm, uno de los historiadores más eminentes de Gran Bretaña, 

eluniversal.com.mx

El discurso del cinismo y la traición

El discurso del cinismo y la traición tiene una data histórica de muy larga duración en el género humano, la Biblia es la primera en representar este discurso falso

ALAI, América Latina en Movimiento

Galel Cárdenas

El discurso del cinismo y la traición tiene una data histórica de muy larga duración en el género humano, la Biblia es la primera en representar este discurso falso, dual, ambiguo, simulado, confuso y enigmático cuando establece el mito de la serpiente que rodea a la pareja originaria de la tierra con sus argumentaciones llenas de cinismo y traición.
Este discurso ha sido expresado a lo largo de la historia de la humanidad, cuando se enfrentaron la verdad y la mentira, la dominación y la liberación, la sinceridad y la hipocresía, la lealtad y la deslealtad, en fin las paradojas que rodean todo discurso que va destinado a traicionar un amigo, un líder, un pueblo, una colectividad, una comunidad o una mancomunidad.
El cinismo según el Diccionario de la Academia Española de la Lengua (DRAE) significa “desvergüenza o descaro en el mentir o en la defensa y práctica de actitudes reprochables”.
Quien profiere un discurso cínico se acompaña del descaro para ocultar intenciones aviesas que serán la base de posteriores actividades en desmedro de un pueblo, un partido político, un movimiento o de un líder, amigo o compañero de viaje en la ruta que se cubre para llegar a ciertas metas.
El cínico sabe que miente, y sabe que es un desvergonzado, es decir un individuo con falta de sinceridad, de plenitud de la veracidad, es decir de la verdad. El cínico oculta la verdad, la adorna y la maquilla con otras actitudes que no son precisamente las más valientes o las más honestas.
El cínico es un deshonesto por antonomasia y puede tomar una serie de medidas para que todo lo que él proponga sea tomado como un acto de convergencia amistosa a sabiendas de que su palabra está contaminada por la traición.
La dualidad de sus expresiones, la falta de respeto, y sobre todo la insolencia son de algún modo las actitudes psíquicas que ocultan verdaderas intenciones de acciones posteriores que van acompañadas de la traición, la perfidia, la alevosía, la ingratitud, el desacato, etc.
El discurso del cinismo fue introducido por los españoles de la conquista, cuando a los indígenas, padres de nuestra patria ancestral, eran conminados a la paz, asesinándolos, eran convocados a la armonía exterminándolos, eran llamados a la reflexión expulsándolos de sus territorios, y así por el estilo.
Durante el coloniaje español, el discurso del cinismo fue implementado por la iglesia, la corona española y los funcionarios burocráticos que en medio del adoctrinamiento religioso y el aprendizaje de la lengua indiana fueron penetrados ideológicamente para convencerlos de que Dios era justo, equitativo y misericordioso.
Así en el decurso de la independencia, había en el sociedad el bando de la corona española y sus aliados criollos y el bando de los independentistas, unos que abogaban por la el fin de la esclavitud y los otros que proseguían en sus intenciones de proseguir administrando aquella sociedad injusta, deleznable, perseguidora, aplastante. Eran los ricos contra los pobres, los criollos patriotas contra los criollos esclavistas. El lenguaje del interlocutor era cínico, era desvergonzado, era dual, por ello no hubo una real independencia, el acta de la independencia es una ejemplo del cinismo de la burguesía criolla dominante.
Morazán fue el patriota que desactivó aquel discurso y lo denunció con vehemencia, incluso en el momento mismo de su asesinato político expresado en el testamento. Su muerte fue uno de los ejemplos del cinismo de las fuerzas oscurantistas de la región.
Luego las guerras intestinas no eran si no contradicciones del poder local, acompañadas de acciones impúdicas morales, políticas, religiosas. El cinismo prosiguió en su senda de ambivalencia para calificar el sentido de la patria.
El siguiente coloniaje norteamericano abierto con cinismo para esclavizarnos nuevamente, puso de par en par las puertas de la nación para que el dinero, la mercancía, la explotación del hombre por el hombre, la apropiación de la tierra nacional fuese la catapulta para desnacionalizarnos, des identificarnos, y sobre todo, someternos al imperio que nacía con la crueldad con la cual siempre se ha manifestado.
El lenguaje del cinismo se puede leer en la famosa carta Rolston. Cada uno de los presidentes que fueron impuestos por el imperio de las bananeras hablaron del amor a la patria y a la inversión extranjera como la canonjía salvadora de nuestras crisis sistemáticas, a sabiendas de que tales expresiones no eran el fruto de la verdad si no de la mentira y del cinismo rampante.
Desde entonces en la historia contemporánea hemos sido siempre referidos por un lenguaje de inmoralidad, de desfachatez, de desvergüenza y hasta de un insolente descaro, que ha inventado un monstruo amenazante en la figura del comunismo internacional, para imponernos una democracia fallida, injusta en todas sus aristas, explotadora hasta vaciar las arcas del estado mediante todos los subterfugios conocidos, en los cuales la corrupción ha sido el punto esencial del desarrollo para que la burguesía oligárquica se haya convertido en el parásito más execrable del cual se pueda tener conocimiento.
Todos los golpes de Estado que fueron asestados en diferentes momentos de unos 100 años de historia llevaban implícito la lengua vernácula del cinismo. Todas las acciones políticas fueron tramadas para engañar al pueblo, traicionar al soberano y desmontador cualquier otro intento de independencia política o económica.
Todas las fuerzas del oprobio coincidieron siempre en la tortura, la persecución y el rencor contra los proyectos democráticos de independencia y soberanía popular.
Vivimos exactamente en este sistema imperial neoliberal, la esplendidez del cinismo, del discurso mentiroso, impúdico, procaz. Nos conducen como manadas, hatos, rebaños, como seres desalmados, animales que no posee la racionalidad de la inteligencia, en fin, nos acarrean por tramos donde no existe la luz, si no sólo la oscuridad y la mentira, disfrazada de medias verdades y medias mentiras, en donde nadie sabe en su andar si lo que está a su lado es un fingimiento, un fantasma, un maquillaje, o simplemente una seria burla cínica.
Los partidos oligarcas y con ello la raza del desierto que los acompaña y aúpa, arribadas al país en la eclosión del enclave bananero, junto a la fuerza armada como instrumento de potencia desmedida, todos a la voz de una afilan sus lenguas y sus discursos en la cotidianeidad de la crisis que vive el pueblo, con el objetivo de proseguir la ruta trazada por el imperio español, el inglés y el norteamericano.
Por ello, los partidos políticos y sus “líderes” en cada momento electoral de una democracia con vestimentas de payaso cínico van colocando en los medios de difusión masiva sus mensajes de burla, desprecio e insulto a la lógica del hambre, la miseria y la desigualdad total de la sociedad hondureña.
No es por ello gratuito y causal que esa mentalidad de la engañifa cainesca que arropa el discurso de los oligarcas y sus testaferros intelectuales y materiales, se haya apoderado de los dirigentes liberales y cachurecos como si fuese esa dimensión la vara mágica de política vernácula.
Y lo más doloroso es que en los hondureños, haya uno que otro cínico que, como buen discípulo de tan magistrales profesores de antaño y hogaño, blanda palabra en ristre el cinismo más deplorable y desvergonzado que se pueda captar en el momento mismo del parto de la sociedad refundada, de la sociedad renovada, de las sociedad liberada.
La traición en este caso, en el caso de Honduras, ha sido simple y sencillamente, la consecuencia inmediata y concreta del discurso del cinismo histórico y deleznable. Cinismo que a fuerza de haber sido utilizado en medio milenio de historia nacional, pareciera que su práctica es ya un modelo imprescindible y sistemático.
Cinismo y traición son caras de una misma moneda, ángulos de un mismo objeto geométrico, visiones de una misma realidad, acciones de un ancestral ejemplo de ignominia, degradación, infamia y afrenta histórica.
2012-08-30

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NOTA: Sitio web de esta imagen sopesando que era mejor regresar al infierno y rendir cuentas sobre los  elbamboso.blogspot.com

La historia se repite, pero con nuevas semillas de libertad

…se denomina como Independencia de Centroamérica a la conmemoración de la firma del Acta de Independencia de la Capitanía General de Guatemala, el 15 de septiembre de 1821.

ALAI, América Latina en Movimiento

AmericaCentral

Giorgio Trucchi

Política/ Internacional/ Integración

Hubo un tiempo en el cual América Central fue una sola tierra, una sola nación, una sola patria. Su existencia no llegó a cuajar en instituciones que perduraran en el tiempo, y quizás no pudo ser más que el nacimiento de una idea y de un sentimiento. Pero esto fue suficiente para que las fuerzas conservadoras comprendieran que esa “apenas intención” era lo más amenazante para sus privilegios.

Hoy, Honduras es víctima de las mismas clases aferradas a los mismos privilegios. El golpe de Estado es la reedición de una antigua historia de dominación, pero esta vez ha despertado una conciencia que latía en el pueblo, esperando su oportunidad.

Juan Bautista Vico (1668-1744), reconocido historiador italiano y fundador de la filosofía de la historia, en su obra “La Ciencia nueva” reconoce el mundo de la historia como objeto propio del conocimiento, porque en él los seres humanos son producto de su acción. En este sentido, dice Vico, la historia no avanza de forma lineal empujada por el progreso, sino en forma de ciclos que se repiten, y que implican siempre avances y retrocesos. Son esos los cursos y recursos de la historia en los que hay un retorno cíclico de las épocas, un movimiento de flujo y reflujo, de marchas y contramarchas, de idas y vueltas.

Pero no se trata de un eterno retorno de todas las cosas, sino un volver a un estadio que se creía superado, pero ahora visto desde una nueva perspectiva. Según Vico, la humanidad avanza y retrocede, pero cada retroceso dispara con ímpetu la siguiente etapa de avance, que tampoco será definitiva y volverá a retroceder 1.

El proceso de independencia y unidad centroamericana

Según Aldo Díaz Lacayo, reconocido historiador y analista político nicaragüense, “En Centroamérica no hubo una verdadera independencia porque no hubo un movimiento político estructurado a nivel regional que se haya impuesto este objetivo, luchando por ello hasta lograrlo.

Al comienzo de 1800 Centroamérica estaba todavía bajo el dominio del Reino de España. La Capitanía General de Guatemala estaba formada por las provincias de Guatemala, Honduras y Nicaragua, la Gobernación de Costa Rica y las Intendencias de Chiapas y El Salvador.

Cuando llegaron las informaciones acerca de que la Intendencia de Chiapas se había anexado a México, las demás provincias decidieron declararse independientes con todos los territorios que estaban dentro de su jurisdicción. El último gobernador de la Capitanía guatemalteca, Gabino Gainza, convocó a una junta de notables para hacer la declaración de independencia.

Estos territorios convocaron a un Congreso Centroamericano que declaró independientes las regiones que integraban la que fuera Capitanía de Guatemala. Dicho Congreso decidió la creación de la Federación de las Provincias Unidas de Centro América, la que estaba integrada por Guatemala, Honduras, Nicaragua, El Salvador y Costa Rica, y su capital fue la Ciudad de Guatemala.

Desde entonces se denomina como Independencia de Centroamérica a la conmemoración de la firma del Acta de Independencia de la Capitanía General de Guatemala, el 15 de septiembre de 1821.

Hubo brotes importantes en algunas de las provincias –continuó Díaz Lacayo–, pero fueron aislados, no penetraron en los pueblos y no tuvieron continuidad. De tal manera que el Acta de la Independencia de 1821 se produce simplemente por el hecho que la Capitanía General de Guatemala se encontraba frente al hecho consumado de un proceso de independencia en todo el resto del continente y ella, aún dependiente de España, no sabía qué hacer.

La decisión de convocar a un Congreso Centroamericano surgió exactamente para ver cómo resolver este problema, pero mientras estaban en este proceso decidieron anexarse a México, y es hasta el 1 de julio de 1823 que el Congreso declaró la que yo considero la verdadera independencia.

Esto quiere decir que como no hubo un movimiento regional estructurado, la independencia no trajo consigo un sentimiento de ciudadanía centroamericana. Y además, la autoridad de la República Federal era muy débil en relación con las autoridades de cada una de las provincias que la conformaban, desarrollando de esta manera el sentimiento nacionalista de cada provincia.

Sin embargo –continuó el historiador–, a nivel simbólico este proceso representó el primer paso hacia el sueño de una Centroamérica unida”.

En 1823, tras la sublevación de Santa Anna en Veracruz, una revolución liberal en México obligó a Agustín I a abdicar, proclamándose en el país una República Federal, y proclamándose en julio de ese año la independencia absoluta de la antigua Capitanía General de Guatemala, que se estableció como una República Federal de Centroamérica, integrada por las actuales repúblicas de Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua y Costa Rica; sólo Chiapas permaneció unida a México.

La Federación se mantuvo con grandes dificultades, ya que los conservadores, el clero de la iglesia católica y los grandes latifundistas se oponían al proyecto. Pero se pudo proclamar una Constitución que abogaba por una forma de gobierno liberal, pluralista y republicana, siendo el primer presidente constitucional de la Federación Manuel José Arce (1825-1829).

Pronto se produjo el choque entre el gobierno federal y los provinciales; estallaron frecuentes insurrecciones, y durante la presidencia de José Francisco Barrundia (1829-1830), éste tuvo que entregar el mando supremo al general Francisco Morazán, defensor de la autonomía de las provincias, el cual fue elegido Presidente de la Federación.

Para Díaz Lacayo, el año 1829 fue extremadamente importante por el ingreso de los liberales al poder de la República Federal. “Al ganar el poder los liberales quisieron hacer la verdadera República Federal, pero esto provocó un gran conflicto con las autoridades de los diferentes países integrantes.

El general Francisco Morazán luchó más de diez años en la que considero una guerra tardía de independencia y de adelantada revolución liberal”.

Desde la presidencia hondureña, Morazán llevó el peso de las operaciones militares en la guerra civil contra los terratenientes y ricos comerciantes que dominaban la Federación. Impulsó un cambio a favor de las mayorías más humildes, y enarboló un proyecto de desarrollo autóctono para la región, que tenía por objetivo la constitución y fortalecimiento de una clase burguesa nacional. Proclamó el libre comercio con una clara concepción de defensa de los intereses de la región y no abrió el país a la apetencia desmedida y empobrecedora de los productos extranjeros, sino que se ocupa de la promoción y desarrollo de las exportaciones.

En particular, Morazán fue un renovador de los sistemas educativos de su época. Definió la responsabilidad del Estado en la educación popular y fomentó escuelas y academias. Proclamó por ley la separación de la iglesia católica y el Estado, la absoluta libertad de cultos y legalizó el divorcio, con lo que rompía uno de los ejes de la hegemonía ideológico cultural conservadora, y se situaba en la vanguardia de los pensadores liberales más avanzados de la época.

Frente a la realidad de una jerarquía católica beligerante y comprometida con las fuerzas más reaccionarias, Morazán expulsó del país a sus principales personeros. Luego, con la aprobación del Congreso de la República, confiscó sin indemnización los bienes y propiedades de la curia expatriada y de las órdenes religiosas, y los convirtió en patrimonio del Estado.

Además, abolió las “primicias” (primera cosecha al clero) y los “diezmos” (10 por ciento del salario al clero). Con tales medidas fracturó el poder económico de la iglesia, y liberó a los campesinos, trabajadores e indígenas centroamericanos de las relaciones feudales de explotación a que eran sometidos por la iglesia católica.

Los propósitos y reformas impulsadas por Morazán se estrellaron contra la activa oposición de los terratenientes en complicidad con el clero reaccionario y las potencias extranjeras. Estas fuerzas, como lo habían hecho en el Sur americano, conspiraron para mantener sus privilegios económicos.

En septiembre de 1842 se inició en Costa Rica un movimiento contra Morazán, quien fue capturado y ejecutado el 15 de ese mismo mes. Minutos antes de abrirse a la inmortalidad de la historia, escribió un breve “testamento político”. Al estampar la firma en el documento, se incorporó y leyó en voz altra: “Declaro que mi amor a Centroamérica muere conmigo…”

“Morazán tuvo la ventaja de no ser criollo, en un momento histórico en que la mayoría de ellos eran reaccionarios y proimperiales. En el seno de su familia recibió una educación muy liberal y se relacionó con miembros liberales en Honduras –explicó Aldo Díaz Lacayo–.

Él tenía ideas muy claras en cuanto a la unidad regional y tenía conciencia de que el fraccionamiento era derivado por el poder de las provincias, la falta de un verdadero ejército federal y la firme oposición de los sectores más reaccionarios de la época.

La iglesia católica, por ejemplo, siempre ha sido promonárquica. Cuándo se volvió efectiva la independencia, la iglesia se asoció con su aliado de siempre, es decir la oligarquía criolla conservadora. Ambas tuvieron una posición muy beligerante en contra de Morazány de la idea de una unión regional.

Francisco Morazán, simbólicamente hablando, fue infinitamente importante para el sueño unionista.

Hoy como ayer: los enemigos de siempre

En definitiva, para Díaz Lacayo, en términos políticos e ideológicos se puede decir que lo que está pasando actualmente en Honduras refleja de alguna manera lo que pasó en 1821.

“Con el golpe de Estado en Honduras estamos viendo los mismos actores de siempre empeñados en tratar de romper el proceso de unidad regional y continental, promovido principalmente por el Sistema de Integración Centroamericana (SICA) y el ALBA.

Estamos viendo también cómo se repite la historia original: cuatro países luchando por Centroamérica, y un país, Costa Rica, descolgado del proceso de unidad.

Cuando Costa Rica asumió la presidencia pro tempore del SICA –continuó explicando el historiador nicaragüense–, en lugar de continuar con el esfuerzo de mantener la región unida contra el golpe, como lo había hecho su antecesor, el presidente nicaragüense Daniel Ortega, prefirió buscar una propuesta independiente a la que se le dio el nombre de Plan Arias.

Ese Plan persigue legitimar el hecho consumado del golpe y, al mismo tiempo, legitimar los derechos del presidente Zelaya, lo cual es absurdo”.

Otro elemento que va en contra de la unidad es la esencia de los ejércitos de Guatemala y El Salvador. Ejércitos que, como el deHonduras, se han formado y han crecido bajo la dependencia del aparato de seguridad estadounidense, que simpatizan con el golpe y que, de alguna manera, impiden a los gobiernos de estos países desarrollar una acción mucho más contundente en contra del gobierno de facto hondureño.

La nueva semilla

Si en 1821 la población centroamericana no fue protagonista del sueño unionista, lo que ha ocurrido el pasado 28 de junio enHonduras parece haber desencadenado en el pueblo hondureño y en toda la región algo que los sectores golpistas parecen no haber previsto.

“El golpe de Estado en Honduras saca a la luz pública un movimiento social que ya estaba ahí, pero que no había encontrado una fuerza cohesionante para expresarse en su plenitud. Es el golpe que lo cohesiona y lo lanza hacia la historia –aseguró Díaz Lacayo–.

El objetivo del golpe es indudablemente romper la unidad centroamericana .y sobre todo la unidad del ALBA. Este objetivo fue asumido públicamente por la derecha estadounidense y por algunos miembros del gabinete del presidente Obama.

Sin embargo –continuó–, no van a poder romper esta unidad, porque el movimiento popular hondureño ha dado un gran salto cualitativo, ha permitido la unión de diferentes sectores de la sociedad y tiene objetivos muy radicados que se están trasladando a otros países de la región.

Quiere continuar la lucha por la Constituyente y hay que ver cuál será la respuesta del futuro gobierno que salga de las elecciones, que necesariamente deben realizarse solamente después de la restauración de la democracia.

Si este gobierno va a tratar de formar una alianza con Panamá yCosta Rica en contra de los procesos de unidad regional, aislando al resto de los países progresistas y en contra del ALBA, es posible que la situación en Centroamérica se vuelva explosiva y los que van a sufrir, como siempre, serán los pueblos, como desde hace más de 180 años”, concluyó.

* Giorgio Trucchi Rel-UITA

1- Justo Fernández López – litart.mforos.com

2012-09-15

http://alainet.org/

NOTA: Crédito foto Declaración…/ Sitio web de esta imagen Revolución de Mayo en 1810, el país proclamó en un

Memorias de un mercenario (folletín verídico) Sangre, sudor y lucro

ALAI, América Latina en Movimiento

2012-07-30

Daniel Ares

“El periodismo es un negocio de extorsión, la prensa libre no existe, y estamos todos rodeados”; fue dicho en Una puta inmaculada, la introducción a estos relatos. Su autor se retiró de lo que aquí llama “el periodismo industrial”, no arrepentido, pero si harto, al cabo de 25 años de servicio. De su experiencia, estos recuerdos. (*)

Los mercenarios que he tratado, y con quienes a veces he compartido la vida, combaten de los veinte a los treinta años para rehacer el mundo. Hasta los cuarenta, se baten por sus sueños y por esa idea que de sí mismo se han inventado. Después, si no han dejado la piel en la batalla, se resignan a vivir como todo el mundo –a vivir mal, porque no cobran ningún retiro- y mueren en su lecho de una congestión o de una cirrosis hepática. El dinero nunca les interesa, la gloria rara vez, y se preocupan muy poco de la opinión que merecen a sus contemporáneos. En esto es en lo que se distinguen de los demás hombres”.(Jean Lartéguy).

El periodismo es para los chicos. Recuerdo haber dicho esa frase por primera vez hace ya muchos años en la mesa de un bar de la trasnoche de un cierre de la revista Noticias ante algunos cansados colegas que allí me dieron toda la razón del mundo con una risa amarga. De tanto en tanto me cuentan que la frase todavía rueda por las redacciones, ya casi anónima. No reclamo derechos, ja. Apenas me alienta y lamento que le deba su vigencia a la verdad incontestable que formula: El periodismo es para los chicos.

Por supuesto me refiero al periodismo con fines de lucro, y sobre todo al periodismo en gran escala, ese que llamo “periodismo industrial”, el de los grandes multimedios, esos que amasan fortunas mientras cocinan poder. Allí las fantasías juveniles sobre el oficio, estallan más rápido que las pompas de jabón de don Antonio Machado.

Superado más o menos pronto el deslumbramiento inicial por el frenesí neurótico de las redacciones, por las aventuras de cabotaje, y por la falsa bohemia -que no es sino el trabajo extra que pronto descubrís que nunca te pagan-; muertas ya sobre los hechos las locas ilusiones de la escuela de periodismo, el Periodismo, su noble esencia, se evapora enseguida en el corazón del novato, que allí nomás se petrifica y continúa… o se evapora también.

El periodismo es para los chicos, pasado un tiempo es un trabajo como cualquier otro, cuando no ya un negocio, en el cual se habla sobre todo de dinero o de poder, o de ambas cosas a la vez, o apenas de fama, de vanidad, de figuración, de nada….

El periodismo como “faro de la verdad que alumbra el camino de la sociedad hacia el bienestar común” o cosas así, son, pronto, chistes que hacen reír a los profesionales, y cuanto más profesionales son, más se ríen. Ja.

El periodismo es una industria cuyo comercio mueve millones. Es un negocio, uno de los negocios legales más grandes y más poderosos del mundo; y como todo gran negocio, es un negocio duro.

Cuando gobiernan las armas, los medios –lo vimos en la Argentina- o bien desaparecen, o bien secundan a las armas, como hicieron Clarín y La Nazión, por ejemplo.

Pero ya en democracia, los medios “son” las armas. De nada sirve mover el más grande aparato partidario para llenar un estadio o dos, cuando otro por la tele te llena diez estadios sin moverse de un estudio. En democracia, los medios son las armas y las armas no son para que jueguen los niños. Por eso el periodismo es para los chicos, pero el negocio no.

El joven novato, con su pasión y su frescura, y su pequeño hatillo de grandes sueños, ¡Oh!, será siempre muy bienvenido en cualquier redacción, como suele serlo en la batalla la valiente carne de cañón de las primeras líneas. Pero si quiere sobrevivir, el novato tendrá que aprender el negocio.

El periodismo es una industria cuya materia prima es la realidad, la información, sí… pero ese no es el producto que vende. El producto que vende dicha industria es justamente la manufacturación de ese insumo, de esa realidad, y de la información que la compone.

Suele decirse que “en las redacciones todo se sabe”. Doy fe. Antes o después toda verdad que más o menos importe, llega a cualquier redacción más o menos importante. Pero también doy fe de que pocas verdades salen de una redacción tal cual entraron. Apenas sí la parte o la forma que defienda o no afecte los intereses económicos y/o políticos de los dueños del medio, de sus socios y sus aliados. Esa es la primera verdad, y el que no la aprenda pronto, no aprenderá mucho más.

Entendido esto, el novato entonces ha de aprender la técnica. La técnica es la suma de recursos a partir de los cuales podrá expresar una idea que no tiene, explicar un hecho que no terminó de entender porque no le dieron tiempo o presupuesto para terminar de investigar; o también presentar como irrebatible una argumentación cosida de apuro con tres o cuatro rumores sin chequear, y sendas precisas directivas de la superioridad. Hay gente muy diestra en el manejo de estas técnicas, y suelen alcanzar posiciones de privilegio con las que tanto sueñan tantos aprendices.

Estos hombres, los profesionales, son apreciados por muchas condiciones, pero sobre todo, por su ductilidad. Son los que siempre se disputa la competencia, los que hoy están aquí y mañana en el medio rival diciendo todo lo contrario pero ganando el doble –caso Lanata-; o instalados para siempre bajo el amparo del mismo mejor postor, disfrazados ya entonces de gente de convicciones, caso Joaqu-Inmorales Solá. Estos suelen ser los más caros, los que además de oficio, experiencia, contactos y técnica, venden su nombre como una marca, más su público cautivo como un ganado propio.

“Toda generalización es absurda -decía Bernard Shaw-, incluso ésta”; pero más allá de las honrosas excepciones de rigor -y de sus precios relativos-, del renombre o no que tenga uno u otro; todos ellos son “profesionales”. Algunos los llaman “mercenarios”. Yo, por ejemplo, porque yo fui uno de ellos. Por eso tampoco lo digo despectivamente, sino con cierto resignado orgullo. Después de todo, los mercenarios por lo menos saben que no son sino soldados, peones, a lo sumo alfiles cuando no caballos del impresionante ajedrez sobre el que danzan.

Y así como no puede acusarse de “cipayo” a un operario de la Coca Cola, así tampoco los periodistas, los trabajadores de los medios, pueden ser culpados por los crímenes del medio al que sirven. Ni por lo tanto creerse, ninguno de ellos, nada especial, sino apenas lo que son: operarios de una gran maquinaria que en sí misma los ignora.

Son tiempos cruciales para el periodismo en la Argentina. La Ley de Medios, el abierto enfrentamiento por fin con los monopolios multimediaticos que hace mucho usan su poder para algo más que informar, el emplazamiento de la Corte Suprema de Justicia; marcan los picos de la contienda… son días cruciales para el periodismo, y para la Argentina.

Pero no para los periodistas. A lo sumo se abrirán nuevas fuentes de trabajo, en ese sentido, sí, pero… pero cuando el mando cambie, cuando muden los patrones, cambiarán seguramente los villanos y los héroes de sus páginas, el enfoque general del medio, el contenido y tal vez hasta el estilo, el nombre, y el papel; pero los periodistas no.

Cuando todo cambie ellos seguirán allí, en la línea de combate, haciendo su trabajo, cumpliendo con sus órdenes, siempre soñando con otro ascenso y su aumento, con las vacaciones en enero; siempre al pie de cada cierre, atentos al taller que acecha porque es la hora, presionando al boludo que no entrega y te entierra, soportando al patrón que pide sangre, sudor y lucro… pase lo que pase ellos seguirán allí como siguen los soldados en el frente por mucho que cambien los mandatarios que los mandan… Siempre alguien tendrá que carga ese fusil, y disparar contra ese blanco… siempre.

Y salvo por esos chicos que por un rato juegan a ser héroes, idealistas y valientes, la guerra y el periodismo, como tantas otras actividades muy lucrativas, se resuelven con profesionales, es decir: gente que hace lo que le dicen, sin preguntar demasiado, porque para eso le pagan lo que le pagan.

Románticamente yo los llamo mercenarios porque fui uno de ellos, y porque los sé inocentes. Hacen lo que les mandan porque precisan la paga. Son la mano ejecutora, nada más. Matan y salvan sin pasión, es su trabajo.

Sé que algunos de ellos se creen mucho más, y más de uno acaso escupa la pantalla si me lee. Yo los perdono a todos como si fuera quién.

Los periodistas no son culpables de nada aunque tampoco son inocentes. Surgen de las profundidades de un conflicto mucho más hondo, y sólo tratan de sobrevivir. Ya en la batalla, el fuego los modela, no los viejos sueños.

Continuará

– Daniel Ares es editor de Elmartiyo.blogspot.com. El artículo fue publicado por la Agencia Periodística de Buenos Aires

Fuente: http://www.apasdigital.org/apas/nota_completa.php?idnota=5632

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Facultad de Periodismo y Comunicación Social. Universidad Nacional de La Plata.

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